Windows 12 asoma en el horizonte: más inteligencia artificial, mayores exigencias y dudas sobre el bloatware

Tras el final del soporte de Windows 10 y las críticas persistentes a Windows 11 por su rendimiento y actualizaciones fallidas, Microsoft acelera el desarrollo de su próximo sistema operativo. Filtraciones y anuncios oficiales anticipan un Windows 12 centrado en la IA, con cambios profundos en productividad, hardware y experiencia de uso.


El ciclo de Windows 11 dejó un sabor agridulce en una parte significativa de los usuarios. Aunque su interfaz fue bien recibida por su diseño moderno e intuitivo, el sistema acumuló críticas por problemas de estabilidad y rendimiento tras actualizaciones clave como las versiones 24H2 y 25H2, además del crecimiento del bloatware y procesos en segundo plano. Con el soporte oficial de Windows 10 ya finalizado, la expectativa se trasladó rápidamente a su sucesor.

En ese contexto, Windows 12 aparece como una posibilidad más cercana de lo previsto. Si bien Microsoft no confirmó una fecha definitiva, el consenso entre analistas y filtraciones del sector tecnológico apunta a un lanzamiento durante 2026, alineado con la estrategia de la compañía de acelerar ciclos de innovación y consolidar la inteligencia artificial como eje del ecosistema.

La principal apuesta de Windows 12 sería profundizar el concepto de sistema operativo “agentivo”, una línea que Microsoft ya comenzó a trazar con Windows 11 y Copilot. La empresa anunció que su asistente integrará capacidades como Voice, Vision y Actions, permitiendo interactuar con el sistema mediante lenguaje natural. En la práctica, esto se traduciría en acciones como mover archivos, abrir aplicaciones o redactar y enviar correos electrónicos en Outlook solo con comandos de voz o texto.

Según fuentes cercanas al desarrollo, la diferencia clave estaría en que la inteligencia artificial dejaría de ser un complemento para integrarse en el núcleo del sistema. La búsqueda, la configuración, la gestión de archivos y la ejecución de programas se realizarían a partir de la interpretación del contexto, con un sistema que aprende y se adapta a los flujos de trabajo del usuario con el tiempo. El objetivo declarado es mejorar productividad y eficiencia, tanto en entornos profesionales como domésticos.

Sin embargo, no todo son promesas. Una de las mayores críticas a Windows 11 —el exceso de aplicaciones preinstaladas— difícilmente desaparezca. Analistas especializados señalan que Microsoft busca consolidar un ecosistema más cerrado y dependiente de servicios en la nube, en una estrategia comparable a la de Apple. Esto implicaría mantener aplicaciones que muchos usuarios no utilizan, junto a servicios de asistencia y procesos residentes.

En cuanto al diseño, los cambios serían moderados. Las filtraciones indican una estética continuista, con variaciones sobre el clásico esquema azul y una interfaz similar a la actual, aunque persiste el debate entre usuarios sobre el regreso del Menú de Inicio alineado a la izquierda, una de las decisiones más cuestionadas de Windows 11.

Donde sí habría un salto significativo es en los requisitos de hardware. Windows 12 mantendría la exigencia de TPM 2.0 y arquitectura de 64 bits, pero elevaría el piso técnico: CPU con al menos dos núcleos a 1 GHz, 8 GB de RAM, almacenamiento SSD de 64 o 128 GB y compatibilidad con DirectX 12 y WDDM 2.0. Para aprovechar plenamente la IA local, los rumores apuntan a 16 GB de RAM y una Unidad de Procesamiento Neuronal (NPU) capaz de ofrecer al menos 40 TOPs.

Este enfoque estaría ligado a la arquitectura CorePC, un diseño más modular y desacoplado que separa el kernel de las funciones adicionales, con la promesa de mayor eficiencia y estabilidad, pero también con un impacto directo en la obsolescencia de equipos más antiguos.


Windows 12 se perfila como un punto de inflexión para Microsoft: una apuesta fuerte por la inteligencia artificial integrada, con mejoras reales en productividad, pero a costa de mayores exigencias de hardware y la continuidad de un ecosistema cargado de servicios. Mientras la fecha oficial sigue sin confirmarse, el debate ya está instalado: si este nuevo sistema logrará corregir las falencias de Windows 11 o si profundizará las tensiones entre innovación, rendimiento y control del usuario.